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domingo, 24 de febrero de 2008

MI PUEBLO

De ésto hace ya mucho años, cuando el sol era de cristal limpio
y amable y, sin tiempo, descifrábamos mensajes en las nubes.
Acá abajo unos gritos lejanos nos sacaban de nuestros sueños
previniéndonos del paso del ganado que pasaba cabizbajo al
matadero. Dentro del hogar me sumía en el reino blanco y
mío de mi casa de muros gruesos de adobe, como parte de un
castillo de esos que conocía en los libros de mi madre, los que
dormían hasta que mis curiosas manos provocaban auroras
de fragancias y letras apenas conocidas. Otro reino era el de
las hormigas y coexistían con nosotros sin dañarnos, y sin
saber cómo su territorio se extendía hasta el final donde una
vena del planeta llevaba agua a los geranios, paltos verdes y
perales de trágica simetría. Lejos para mis pequeños pasos
se levantaba una iglesia hacia el cielo a donde mi madre acudía
asiduamente para llorar el abandono de nuestro padre, y en
donde se escuchaba que alguien por allí, con su cilicio, abría
cárdenos mapas en sus espaldas para no perderse en su
camino al cielo, conjurando a los placeres y otras muchas
seducciones mundanas.
Así era Quillota, mi pueblito de provincia, en la mitad del
camino de mi enjuto país, pequeño ombligo en el vientre
apenas abultado de mi solitaria patria.
Transformaron su plaza eternamente fresca por la ronda de
árboles centenarios en un mausoleo de cemento donde fue
depositado muerto el buen gusto. La modernidad (¡Oh,
cómo te veneran!) provocó que el duro asfalto corriera por
las calles como lava de volcán irremediable. Y sobrevino la
prisa y la conversación olvidó a los enfermos y solitarios.
Antes vivían personas; Hoy muchos miles de habitantes.