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domingo, 4 de julio de 2010

MUJERES

Como tú me he encontrado en la vida con muchas personas, algunas de ellas muy importantes o que han influído muy positivamente en mí no tanto porque me enseñaron ciertos conceptos o novedades, sino más bien porque su experiencia abarcó la mía con respetuosa elegría  hace unas dos décadas. Ellas fueron mujeres que descubrían su ser femenino digno, en una sociedad androcéntrica que casi las negaba.
En esos años -motivado por ellas, las que conocí personalmente y por las otras que conocí sólo por sus escritos- hice un poema que había quedado olvidado dentro de  uno de mis libros. Y quiero presentártelo tal cual está, como un homenaje a aquellas que me enseñaron y me enseñan existencialmente a vivir mejor mi masculinidad comprendiendo y admirando nuestras diferencias.

OTRAS GERMINACIONES

En esta estación de encuentros y despedidas
en que nos reconocemos
siendo aún forasteros,
unas hermanas se detienen y me hablan
de nubes y de truenos,
de alondras y de escorpiones,
rescatándome de la gran carretera
millones de veces transitada,
para deambular por los senderos
de humildes geranios.
Descubro mi cuerpo por el sol alumbrado,
mis vísceras, mis emociones y mis sentidos.

Ellas son mujeres con cuerpo y alma de mujeres
que pertenecen al mundo en sus dolores y placeres,
exigiendo su propia calidad provenida
de la misma arcilla que modelara lo masculino.
Son mujeres que ríen, se enfadan, gritan y rayan
sus consignas en la pared blanca 
del Edificio de las Antiguas Ordenanzas.
Hablan con sus cuerpos desnudos de explicaciones,
de códigos y de mandamientos que regulan
los cielos y los infiernos,
las edades y las luchas, las treguas y las prioridades.
Me enseñan que es más importante el amor
en gestos y palabras, y en mil abrazos liberados
de las mazmorras patriarcales
con sus altares mercantiles donde mueren
la belleza y la esperanza.

 













Hoy casi no bebo
en las antiguas cisternas establecidas
sino en fuentes que brotan del corazón de la tierra.
Hoy es más la miel que la simetría del panal
abriéndose las ventanas
a la grandeza de las cosas sencillas,
a las desconocidas obras que sostienen el mundo.
Se va alejando el guerrero ocioso con su lanza.
Se detendrá algún día la danza del mercado
que impuso sus ritmos y dogmas perversos
y el grito de humanidad anuncie,
por voces de mujeres y también de hombres,
la víspera en que todos seremos hermanos
diferentes e iguales.