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miércoles, 3 de agosto de 2011

MI PALOMA HERIDA (A mi hija mayor)

Mientras roto y oscuro nos cubre el cielo al mediodía
acá abajo la paloma con dolor contrae
su vientre ensangrentado,
picoteado elevosamente por un ave de rapiña
que dejándole abierta su alforja
cae la semilla de su próxima primavera
al estanque infinito 
de lágrimas silenciosas.
¿Acaso mi paloma no era heredera
de manitas pequeñas al principio
y de cuídate mamá con el tiempo?

Cuatro níveas murallas que lo abarcan todo
tienen atrapada a mi paloma.
No hay canciones
sino órdenes imperiosas.
No hay ternuras
sino un instrumental amenazante.
Tampoco palabras conocidas
sino sílabas galenas
que la alejan de mi patria
a un espacio de silencios
y enigmas que no comprende.

No culpo a ciertos avatares
de dioses olvidados
ni a zodíacos antiguos
ni al viento sur si perdió el camino.
Me dicen que fue el tiuque maldito
que se nutre con el dolor de carnes vencidas
el que se ha atrevido a dañar la dicha
de mi avecita regalona.













 

 



Algo se interrumpe en esta noche
de párpados pesados y vigilantes
que despierta al niño que llevo dentro
haciéndome orar como antes oraba.
Mis lágrimas se acristalan
convirtiéndose en rosario de la infancia
ese que hacía elevarse en los sueños
a mis volantines destrozados
o convertía el invierno en esperanzas
y colores.
Pero hoy mi fe está en la divinidad
que libera
y en mis manos 
que ahora no saben dónde estar, vive
en mi experiencia,
en los ladrillos de cada día,
en los abrazos.

Con mi báculo quebrado
de pastor herido
ahuyentamos al ave oscura
de uñas sanguinarias
hasta encontrar el sendero fresco
de esperanzas
que estuvo como perdido,
y paloma y palomo
vuelvan a volar gallardos
tras nuevos aromas
y palabras,
aunque no puedan 
recolectar el espléndido germen
de asombros y alabanzas
que nos regala la vida.

En la fotografía, mi hija María Valeska y yo.