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lunes, 16 de septiembre de 2013

11 DE SETIEMBRE DE 1973

(Sé que cuando haces un poema no tienes que explicar nada. Sólo quiero decirte que éste, el de mas abajo, lo escribí como lo publico, sin mayores búsquedas de palabras, entre llorando y rabioso, entre apretando mis dientes y desahogándome e incapaz de ser mejor, más valiente. Aunque hoy día creo que en esas reuniones clandestinas y humanitarias, en la recitación de poemas que parecían ser mirados por tantos ojos negros y tocados por manos callosas, deben haber brotados pequeñas semillas).

Llevo un vegetal escondido,
patrimonio secreto para los años que siguen
abriendo una vez más la puerta de esta carne rescatada
para la fraternal compañía.

Hace cuarenta años
dos aves de hierro -hawker hunter- interrumpieron nuestros sueños 
destruyendo la casa de los presidentes elegidos,
y al paso de la tropa uniformada y obediente
fueron cayendo sobre el rostro de la tierra
maestros de escuela, obreros y campesinos, periodistas y poetas, niños y mujeres.



Hoy, en la lista onomástica faltan mil nombres
y las rosas rojas de esposas, madres, padres, hermanos, amigos y vecinos
se quedan en las manos arrugadas de tantos inviernos,
esperando saber dónde están los huesos queridos para honrarlos.
Tal vez quedaron en el desierto y se secaron, 
o en la húmeda tierra y la alimentaron,
o en la oscuridad marina espantaron al caballito de mar,
testigo de los sacos que contenían cuerpos humanos.
Horror, temor y silencios desde hace cuarenta años.
La voz oficial sugiere que ya es tiempo de los olvidos
para vivir tranquilos, 
que los recuerdos nos dividen, que en las calles no hay orden,
pero nuestros muertos nos claman para ser desenterrados
bajo un árbol, en un regimiento, 
en algún fundo del sur de Chile.
¿Dónde están nuestras amadas, dónde nuestros amados?
Hace cuarenta años que llevo este carbón encendido
y me va quemando por dentro,
pero que no se convierta en cenizas yo procuro.

Vicente Corrotea A