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jueves, 21 de junio de 2007

La Mirada

Fue en la última Navidad.
El día estaba asoleado. Esperaba que el semáforo me indicara seguir avanzando cuando me percaté de su sombra barrida por el suelo; Después un rostro de indefinible edad.
Me desagradó su olor a la condenación de no poder asearse. Su ropa y sus zapatos estaban
tan rendidos como él y sus ojos cansados de esperar. Era la desesperanza y la improbabilidad.
Lo miré sólo para pagar mi cuota de culpa por su situación.

Fue entonces cuando recibí la mirada más profunda que haya conocido en mi vida.

Dentro de su cansancio había algo conmovedoramente transparente; Algo que decía que él y
yo éramos iguales. Inevitablemente mis ojos se humedecieron.
Quería abandonar el pedazo del planeta donde estaba parado. O enojarme. Pero, al contrario,
sentía algo asi como una transposición: él era yo y yo sentía que me convertía en un simple y
oscuro peregrino sin tiempo ni agenda, sin estaciones y sin la osadía de sentirme mejor que
otros. Tuve fugazmente conciencia de quién era yo, de cuánto valía, de mis sueños a los que
había sido fiel y de los que aún seguían pendientes. Fue más: Me sentí conectado con todos los
seres del universo compartiendo en plena armonía. Luego pasó todo.

Mi orgullo se ha afanado en convencerme que todo fue una buena intuición y nada más. Pero,
lo que queda de mi fe en Dios y de mi confianza en hombres y mujeres, me dice que he tenido
un encuentro con alguien muy importante.