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lunes, 17 de septiembre de 2012

ERAS UN PUEBLO SENCILLO

Eras un pueblo sencillo y claro,
a veces algo severo,
con tardes arrebatadas de sol
que los árboles gigantes
le robaban su último oro. 
Por eso -decían los antiguos- 
que fueron condenados,
entre discusiones urbanas,
a ser arrancados de la plaza
que congregabas el juego de los niños
y el sueño de los grandes.
Las madrugadas que amábamos 
quedaron solitarias 
y las noches de los grillos
fueron conquistadas
de ritmos lejanos. 

















Lo guardaste en secreto
y nunca supimos si fue coincidencia
o la llegada de un virus desconocido
es que los niños expectoraban
en la puerta del hospital
y los ancianos
-que ya no contaban historias-
se iban al cielo silencioso.

Hace mucho tiempo 
que no caminaba tus calles,
caricias para tus arterias,
y me he puesto a escuchar
desde el fondo de una casa de adobe
las notas de un viejo piano
que corren sobre los adoquines
cubiertos de asfalto,
buscando recuerdos florecidos
atrapados en un antiguo libro.
No deseo este afán de buses
que me trasladan con premura.
Prefiero descifrar el misterio de las nubes, 
tendido sobre el vientre sagrado de la tierra, 
bebiendo agua pura.

Fotografía de Don McCrae


 

miércoles, 15 de agosto de 2012

COCINA PROVINCIANA

No es posible oler 
la antigua cocina de mi infancia
en la casa de provincia,

 













sin embargo su leña 
aún está encendida
en el fondo de mi alma. 

Fotografía tomada de la colección de Google

miércoles, 17 de noviembre de 2010

HABIA UNA VEZ UN PUEBLO

Me gustaba mi pueblo de sol limpio
y de ventanas abiertas,
de saludos cordiales
con nombres y apellidos,
con historias a veces compartidas
junto a la brisa vespertina.

Caminaba sus calles
con mi ropa de cien jornadas,
peinado con recta partidura
y luciendo zapatos bien lustrados.















Prefería las mujeres morenas
más gruesas que delgadas,
soñadoras más que eficaces,
los niños juntos a los abuelos
jugando en la plaza
esperando que la bandera blanca
les indicara que ya estaba listo
el pan amasado con chicharrones.

Mi pueblo tenía un útero
que protegía los pequeños sueños
y ambiciones
que fueron siendo reemplazados.
Los niños quisieron ser grandes
y se marcharon -como yo- lejos,
los caminos se hicieron carreteras
desvaneciendo la quietud,
empañando la brisa
mientras que muchos saludos
se convirtieron en cuchillas.