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martes, 3 de abril de 2007

NUESTRO ANGEL

Fue un día. Un día de nuestro tiempo con años de cuatro estaciones, de niños jugando en las plazas y de adultos pretendiendo resolver los problemas. Un día de Mayo, hace más de catorce años según el calendario, Dios titubeó en el manejo de sus planes, en su energía creadora, pues miró a nuestro hogar y vio que algo faltaba a esta familia para que estuviese realmente completa: Un ángel o un perrito. "¿Un ángel o un perrito?" se preguntó Dios dudando (con duda divina, por supuesto).
Dios sabía que al recibir a nuestro hijo varoncito, después de las dos niñas, la familia estaba completa para nosotros, de lo cual le guardábamos un profundo agradecimiento. Pero El sabe lo que nos falta y lo que nos sobra.
Definitivamente Dios nos envió un perrito pequeño, de pelaje de nubes y miel fresca. Claro que al tocarlo y olerlo tenía ese típico aroma que tienen los ángeles, bueno, es lo que decían mis hijos aún pequeños. Ciertamente daban ganas de retenerlo en los brazos más allá de sus deseos de volar, digo correr.
En realidad fue siempre nuestro ángel.
Cuando ocurría una discusión en familia -ya sabes, por el dinero que no alcanza o por la limpieza, etc.- él aparecía justo al medio de todos y con su mirada preguntaba cuál es el problema. Y llegábamos a darnos cuenta de que en realidad no valía la pena seguir discutiendo.
O cuando cada dos o tres meses yo llegaba con la terrible jaqueca, nuestro perrito ángel ya no festejaba mi llegada con sus ladridos si no que discretamente se echaba al lado de mi cama, pues sabía que en esas ocasiones buscaba alivio y refugio en mi habitación oscurecida y silenciosa.
Lo bautizamos con el nombre de SIROCO, que significa viento.
Perdona estas lágrimas que caen a la tierra húmeda del patio de nuestra casa.
Viviste como un ángel; moriste como un perrito.
Gracias Siroco. No te olvidaremos.

jueves, 22 de febrero de 2007

MI PLAN B.

He descubierto que la vida nos da casi siempre una segunda oportunidad, por lo que aquí comienzo mi plan B.

No pasó por mi mente cuando niño o joven que hubiese un Plan A y, por lo tanto, un Plan B de salida o cambio del primero. Para mí la vida era una sola -y lo es también ahora-. Una línea ininterrumpida unía sucesos alegres, fracasos, aciertos y despropósitos. Creí como muchos haber nacido con un sello especial pero fui absorbido por los colores de un gran conglomerado o estructura social o la iglesia que me decía que mi finalidad era cumplir una serie de deberes ético-sociales. De joven me sentía orgulloso de conocer centenas de mandamientos morales, rituales, y los cumplía con severa devoción. Todo estaba escrito.
Pasaron los años y no me costó poco llegar a saber y experimentar que hombres y mujeres nacemos fundamentalmente para ser felices. Mi corazón constató que no me habían educado
para ser feliz o para buscar la felicidad ni menos para hacer felices a otros sino para obedecer, ceder, aguantar. Antes se me habló de la felicidad como una abstracción en la que otros declaraban que ésto o aquello era la felicidad.
Hoy la percibo simplemente como un estado de confianza, agrado, alegría profundos que me dan
una forma de vivir y de soñar con otros y otras, apreciando su entorno y un mundo en donde descubro un orden engalanado para iniciativas que lo hacen mejor.
Debo hacer una confesión: Mi vida comenzó a ordenarse cuando fui conociendo a Lucía que ahora es mi esposa. En esa época realizaba un esmerada labor social, sindical y me unía a grupos
políticos. Formé talleres literarios, corriendo algunos riesgos durante la dictadura. Mis días y
noches estaban a veces llenos de actividades. Pero me sentía insípido, solitario entre tanta gente
y desconocía para dónde iba con tanto esfuerzo. Me daba la impresión que iba dando saltos locos
por aquí y por allá... ¡Ahora lo sé! Antes yo era como un sapo y Lucía me convirtió en príncipe (el primero, el principal).
Reconozco que mi Plan B fueron esos años de matrimonio, con embarazos, bebés, niños pequeños, pequeños asuntos, grandes proyectos. 
Tengo que hacer una rectificación: Hoy comienzo el Plan B1.