
Si renunciara a los recuerdos de trenes en mi infancia
y a la añoranza de la vieja estación convocante;
Si por capricho renegara de los aromas de jazmines, manzanos
y de la cómplice piel femenina;
Si perdiera en una noche peregrina sueños, amores e ilusiones
y gritara en cada plaza "no creo en nada",
y con un golpe de arrogancia destruyera
mis propios mitos y poemas solamente porque son pequeños;
Si levantara copas con traidores
y los abrazara en secreta connivencia;
Si pintara mis rencores en la muralla ciudadana;
Si volviera a imponer preceptos a las caricias, a los afectos
y a la agitación de la existencia,
sin dudas el mundo no se hundiría
pero quedaría demostrado en esta esquina del planeta
que soy un grandísimo idiota.