
Caminando de sur a norte
perdí mi eucologio
en la plaza de algún pueblo.
Vagando
desde muelles oscuros
hasta villorrios alegres
donde la gente
comparte
sueños y amaneceres,
fui olvidando
el antiguo temor a Dios
y a mis setenta demonios.
Hoy solo temo
a los muros de tu casa,
a tu pequeño imperio
de rosas y geranios
y a tu perro
guardián de tu ternura.
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